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17 feb 2009

Carta abierta de Ramón Tejero Díez


Ayer tuve la grata sorpresa de encontrarme en el blog de Militos una carta abierta de Ramón Tejero Diez, hijo de Antonio Tejero Molina, en la que pide que sea difundida por todos los que creemos en la libertad de expresión.

Le impulsa a hacerlo las noticias, comentarios y series que todos los 23 de febrero ocupan los medios, el detonante, la última serie de televisión española, que personalmente me he negado a ver.

Entiendo perfectamente lo que ha llevado a Ramón Tejero a escribir esta carta, lo entiendo porque yo sin ser familiar, me hierve la sangre cada vez que tengo que escuchar esa sarta de mentiras sobre el 23 F, que este país ha sentenciado como la “verdad”, dando por buenas las explicaciones de una parte, cosa impensable en cualquier juicio justo.

Como todo en la vida, la historia y el tiempo pondrá cada cosa en su sitio, y los que han prejuzgado sin ningún tipo de conocimiento, tendrán que padecer los remordimientos que ello conlleva, dependiendo naturalemne de la integridad de cada individuo.

Yo solo quiero añadir que he tenido el placer de conocer a Antonio Tejero Molina, a su esposa, y a alguno de sus hijos, en las diferentes visitas que realice junto a mi padre, a Antonio Tejero mientras se encontraba arrestado en un cuartel de Campamento. Mi padre siguió visitándole en el Castillo de la Palma, situado al lado de Ferrol, y asistió a la ordenación de sacerdote del mismo Ramón Tejero.

Es por esto que puedo asegurar que las palabras de su hijo son un fiel reflejo de la realidad, a mi me marcó visitar a su padre, y observar la serenidad y el cariño con que siempre nos recibió, el cariño que profesaba a su familia, y la unidad de la misma ante la adversidad. Sin duda una familia de las que sientes envidia sana, y que demuestra lo que es un trabajo bien hecho en lo que a familia se refiere.

Solo pido a los que lean esto, que entiendan que la historia no es tal y como nos la han contado, y lo afirmo tras escuchar las palabras de un hombre que nunca buscó un atajo para salir de prisión, y cumplió su pena sin aceptar ningún privilegio que le costara traicionar sus principios. Es evidente que un hombre así, no tenia razón para mentir.

Sin mas dilación os dejo con la carta de Ramón, pidiendo que quien lo estime oportuno la reproduzca en sus blogs, o la difunda por correo electrónico. Es seguro que será el único altavoz con el que cuente Ramón en este pais , en el que la libertad de expresion brilla por su ausencia en la mayor parte de los medios.

Carta abierta de Ramón Tejero Díez

Antonio Tejero Molina: mi padre Aquel 23 de febrero de 1981, muy temprano, salimos de casa... Yo sabía lo que ocurriría....Sin embargo el silencio era la expresión más simbólica del cariño que se puede dar a un padre que en esos momentos atravesaba unos de los momentos más difíciles de su vida. Había vivido momentos de angustia, de terror. Noches en vela, acompañadas de desconciertos en una España que los españoles desconocían. Noches de zozobra que acompañaban a un hombre al cargo de las tierras vascas y con el encargo de acabar con el terrorismo... Muertes sin compasión de manos de ETA, traiciones de ideales, injusticias, quejas de viudas, órdenes para quemar una bandera que, después, fue legalizada y que causó tantos y tantos muertos... Todo era incomprensible para un joven que creció con el dolor, la inquietud, el temor y el deseo irrefrenable de una España coherente... Ese joven era yo, ahora sacerdote de Jesucristo, pero sin dejar de ser hijo de mi padre, del cual me enorgullezco plenamente.

Aquella mañana del 23 de febrero acompañé a mi padre a la celebración de la Eucaristía en la capilla que hay frente a la Dirección General de la Guardia Civil. Momentos de silencio, de oración profunda, de contemplación sincera de un hombre creyente que sabía cuál era su deber, que conocía las órdenes recibidas y que no quería por nada del mundo manchar sus manos de sangre (como así fue). Un hombre de uniforme, de rodillas ante el Sagrario y el altar del sacrificio: mi padre. Suponía para mí un ejemplo de gallardía que nadie me hará olvidar, el testimonio fiel de un creyente coherente con el juramento que había hecho años atrás... No había palabras, sólo silencio, recogimiento y oración sincera. Al salir de la capilla, con una mirada penetrante -y me atrevería a decir que trascendente-, contempló la Bandera Nacional y, con voz serena, tranquila y gallarda, me dijo: «Hijo, por Dios y por Ella hago lo que tengo que hacer...». Y, con un beso en la mejilla, se despidió de mí. Un beso tierno de padre, pero que también sonaba a despedida: la despedida de un hombre que teme que no volverá a la vida... y eso pensé yo también. Y, con el gozo de amar a mi padre con locura, volví a mi casa para acompañar a aquella que simbolizaba -en aquel momento y siempre- los valores de la mujer fuerte de la Biblia: mi madre. Esa gran mujer que ha sabido hacer, de su existencia, una entrega victimal y heroica a Dios, a España y a su familia -valores en los que fue educada a lo largo de todo su vida y que sigue mostrando, en el otoño se su existir, con una entrega amorosa a todos nosotros-. Pasamos la mañana con serenidad... El silencio era la elocuencia de nuestro pesar, mientras que el tiempo se convertía, segundo tras segundo, en el traicionero «reloj» que nos hacía pensar en aquel momento. No sabíamos más ni menos. Realmente, nos dolía España, mi padre y el momento en sí; aunque nos tranquilizaba la certeza, según nos habían dicho, de que el Rey apoyaba y ordenaba tales hechos.

Era un acto de servicio más, en un momento crítico, por el cual atravesaba nuestra Patria. Y pasó lo que toda España conoce y lo que los medios transmiten (aunque no con toda la veracidad que debieran). No voy a entrar en polémica... ni quiero, ni debo. Pero sí deseo aclarar algunos puntos que conozco, que siento míos y que viví con intensidad aquella noche. Y deseo hacerlo desde el sosiego, desde la paz que, cada día, me regala Cristo y desde la serena sabiduría de los años que te hacen asentar pasiones y discernir la verdad como realidad de la vida. No voy a revelar nada del 23F, el silencio de mi padre me obliga a callar. Sin embargo, no puedo dejar en el olvido las grandezas de un gran hombre.

Es por ello que, ante las distintas informaciones y publicaciones de estos días en distintos medios de comunicación, quiero y deseo expresar lo siguiente: mi padre es un hombre de honor, fiel a sus principios religiosos y patrióticos; es coherente y sincero. Es un militar de los pies a la cabeza, consciente de sus responsabilidades, entregado a sus hombres. Es un hombre cumplidor, trabajador hasta el extremo, leal ante el significado de la palabra juramento y fiel al mismo. Es un hombre sereno, sencillo, disciplinado y amante de la verdad. No es violento, ni agresivo. Es templado, sensato, sereno, inteligente y capaz de discernir con coherencia una realidad aparentemente absurda e incoherente como parece que fue el 23F. Es un marido ejemplar. Un padre extraordinario. Un hombre excepcional. Un amigo fiel. Un español honorable y un cristiano sincero y veraz. Mi padre es mi padre. Me duele la falta de información y coherencia. Me duele ver cómo todos aprovechan el «silencio» de un hombre para intentar destruirle... quizá por miedo a su palabra... Me duelen tantos programas y tan poca veracidad...Quiero a mi padre con locura.

Es por ello que ruego y aliento a todos aquellos que creen en la libertad de expresión, para que sean tan audaces y coherentes como para publicar estas pobres palabras que tan sólo manifiestan los sentimientos de un hijo por su padre.Un hijo que se siente orgulloso de su padre y de que éste se llame: Antonio Tejero Molina.

Ramón Tejero Díez


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