20 feb. 2007

Mentir es extremadamente peligroso


En mis tiempos de clandestinidad circulaba una reedición de un opúsculo de Victor Serge titulado Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión. Escrito en 1925 tras la experiencia de hacer frente a la policía zarista, la ominosa Ojrana, las recomendaciones del escritor y revolucionario ruso encontraron aquí bajo el franquismo un nuevo público. Sobre todo, entre los trotskistas. Serge había sido de la cuerda: estuvo perseguido por Stalin y en España se mostró afín al POUM, partido antiestalinista que fue exterminado por los chantres del Padrecito con el concurso del Frente Popular y sus colegas. En aquel librito, se hacía una recomendación a los camaradas detenidos que los autores del "manual del perfecto yihadista", recién expuesto a la luz pública pese a haberse encontrado en 2004, deberían haber tenido en cuenta. Reza así el consejo: "mentir es extremadamente peligroso; es difícil construir una historia sin defectos demasiado evidentes. Es casi imposible improvisarla". Serge era un hombre inteligente. Otros no lo son tanto. Construyen e improvisan.
Improvisación es, por ejemplo, hacer aparecer el manual una vez que varios acusados del 11-M habían negado su participación y condenado la masacre. Porque ha sido entonces y sólo entonces, o sea, ahora mismo, cuando hemos sabido, por boca de ganso, que los terroristas con sede en el madrileño barrio de Leganés, disponían de instrucciones para negarlo todo. Si el documento se había hallado en el piso que voló por los aires, ha pasado varios años cubriéndose de polvo tontamente. Lástima que no lo conocieran con anterioridad los jueces. Podía haberles preparado para el enrocamiento en la negación, que algunos llaman, erróneamente, "estrategia del silencio". Y el público en general, lo mismo. Unas semanas antes y los noes de los acusados se habrían dado por supuestos. Unos días después, y la aparición del manualillo apesta. Ay.
Tarde y mal, como de encargo y por conveniencia, ha aterrizado el prontuario terrorista. Su generación, no espontánea, se asemeja a la de otras pruebas y documentos del 11-M. Un día no están y al otro sí. A unas horas no existen y a otras se hacen visibles. Parece cosa de magia, trucos de prestidigitador. Con Serge, podemos llamarlo improvisación. Con Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio. Al artefacto construido se le van tapando las grietas con parches como se puede y cuando truena. Pero este emplasto del manual, y de manual, marca un hito que no se les escapará a los estudiosos del terror islamista.
Justo al día siguiente de iniciarse el juicio aquí, se condenaba en Turquía a los implicados en dos atentados suicidas. Uno de los cabecillas había confesado de plano. El otro, un tal Sakka, negó haber financiado la matanza, pero desafió a los jueces de esta guisa: "He combatido en la Yihad. ¡He matado americanos!" De uno de los perpetradores de la matanza de Bali, Amrozi, son conocidas las risas y de su cómplice Samudra, la alegría por la muerte de extranjeros. En cuanto a Moussaoui, juzgado por el 11-S, declaró que iba a pilotar un quinto avión para estrellarse contra la Casa Blanca y lanzó un grito de victoria contra EEUU cuando fue condenado a cadena perpetua y no a muerte. Esto lo contaba El País tres días antes de que, al presentar el manual del yihadista, pusiera a Moussaoui como ejemplo de islamista que aguantó en silencio los interrogatorios...antes de que sus compinches asesinaran a miles de personas. Otra vez, Spain is different. Hasta los yihadistas que albergamos son distintos. El autóctono no se suicida en el atentado y luego no se presenta ante los tribunales jactándose de sus crímenes, llamando a la Yihad ni denunciando torturas, como instruía un manual descubierto en 2003 en Manchester.Y para terminar, por hoy, con las rarezas: mientras los partidarios de la teoría de la conspiración islamista del 11-M no dan crédito a los acusados cuando niegan su implicación en la masacre, les creen a pies juntillas cuando rechazan su relación con ETA. Mentir es extremadamente peligroso, pero también puede resultar extremadamente ridículo.

Opinion: Cristina Losada, Libertad Digital.

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