31 ene. 2007

El curita



Nos está saliendo todo un portento de la gramática parda ese curita irlandés enviado por nadie que ha aterrizado en Bilbao para equidistar entre las pistolas y las nucas, ese Alec Reid al que Dios confunda. Así, apenas acaba de estrenar altar en el matadero y ya oficia como un virtuoso de la muy barroca liturgia semántica de los carniceros locales. Y es que los asombrosos prodigios de la lengua bífida de ese Reid constituyen la prueba del nueve de que más sabe el diablo por viejo que por (pobre) diablo. Sin ir más lejos, ayer, ese vicario de la ira nos vino a anunciar por qué fue justo y necesario que Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio expiraran bajo cuarenta mil toneladas de cemento en la matanza de Barajas. Pues en verdad fue justo y necesario su asesinato.
Entre arcadas lo descubrimos los lectores de El Mundo al exponernos a la repugnante halitosis moral del reverendo que impregnaba una plana entera del diario. "ETA atentó en la T-4 porque el Gobierno no estaba cumpliendo lo prometido", bramaba a cinco columnas ese pastor que quiere conducir el rebaño descarriado hacia la mesa de partidos de su compadre Ternera. Y por si el can Cerbero de Dante no lo hubiese escuchado bien, remachaba el santo varón: "Lo que no puede hacer el Gobierno es comprometerse a algo y, luego, no hacerlo". Palabra del señor; del señor que se ríe del Señor, se entiende. Pues huelga decir que el reverendo se pasa la letra pequeña de los contratos por el forro almidonado del clergyman. De ahí que ya ni le suene de oídas la sexta cláusula de aquél que un día olvidado firmara con la dignidad humana: "No matarás".
Por lo demás, gasta este padre Reid una sotana de escamas verdes muy vistosa. Una rematada por un cascabel que sólo luce en Carnaval, que para él también es fiesta de guardar. Ésa con la que se arrastraba por el titular del periódico hasta colarse con su manzana podrida en el Edén de La Moncloa. "Está claro que si el PSOE solucionara el conflicto, ganaría las elecciones", susurraba desde allí el humilde siervo de Cristo al oído siempre atento del Niño; y lo hacía justo en el mismo instante en que sus inseparables monaguillos escupían sobre la tumba de Gregorio Ordóñez.
Lo dicho, todo un virtuoso de la charcutería dialéctica este redentor redentorista. De hecho, ya sólo le falta la capucha de gala, la de los alardes de difuntos en las portadas de Gara, para poder concelebrar con Txeroki la próxima misa negra en homenaje al trabuco del cura Santa Cruz.
Quizás Dios, con su infinita misericordia, le perdone algún día. Quizás Él sí .


Libertad Digital:

José García Domínguez.

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